El camino de vuelta

Publicado: 29 mayo, 2012 en Uncategorized

Estaba empezando a olvidar algunos de sus rasgos. Apenas recordaba su voz, hacía tiempo que perdió su número de teléfono y nunca supo cuántas cervezas había necesitado para hablar con ella la primera vez. Sí recordaba sus intensos ojos negros y, por mucho que lo intentó, no había conseguido olvidar el camino a su casa.

Guardó el sobre sin cerrar en el bolsillo, giró el contacto y condujo hasta su puerta, casi de memoria a pesar del tiempo transcurrido desde la última vez. Esperó en el coche durante cerca de una hora, aunque estaba convencido de que no aparecería. No apareció. Sacó el sobre del bolsillo y miró en su interior. Unos pendientes de azabache y una breve carta manuscrita; dos líneas de palabras torpes.

Por fin, se decidió y caminó hasta el portal. Presionó el botón del interfono sin mucha convicción. Nadie respondió. Aguardó sentado en el bordillo a que le abrieran la puerta y dejó el sobre en su buzón. No había ningún nombre escrito en él. Nunca lo hubo. Salió sin prisa aunque estaba nervioso, por si al doblar la esquina se la encontraba de frente; no sabría qué decirle. Aún así, se aferraba con ingenuidad a ese deseo absurdo. Dobló la esquina.

No encontró a nadie.

La vida sigue, intentaba engañarse cada 26 de junio. Volvería de nuevo, como todos los años desde hacía cuatro. Cuando ella cumpliera 31 y Marta, cinco. Arrancó para regresar a su apartamento. Se perdió dos veces antes de salir del barrio. Nunca había sido capaz de aprender el camino de vuelta a su casa.

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Desencuentros (y-luxiones)

Publicado: 22 mayo, 2012 en Relatos

Mario trotaba por Río Nazas. Paseaba a todos lados esa sonrisa tonta que de vez en cuando se nos acomoda en el rostro así sin darnos cuenta, como un suegro en casa por vacaciones. Como quiera que había dejado de prestar atención a sus pasos, enseguida tropezó con una de esas raíces furtivas que buscan la luz del DF a través de las baldosas de las aceras. En el intento de evitar estamparse la cara con el suelo, pisó a un gato perezoso que salió corriendo a esconderse bajo un carro azul turquesa de lo más hortera, sobó levemente las carnes de una señora que se fue a casa con la convicción de haber sido fugazmente deseada, y casi arrolla a un joven de mirada triste, que le dedicó una mueca de intención desagradable. Finalmente, fue capaz de recuperar el equilibrio y seguir su camino al mismo trote pero con algo más de atención. Pensaba en Nina.

Cuando llegó a su casa la encontró agachada junto a la cama, rebuscando algo entre un montón de papeles que había colocado en el piso. Le había dejado la puerta abierta, pero no salió a recibirle.

– ¡Nina! ¿Sabes qué? – preguntó con su tercera mejor sonrisa.

– No sé, Mario – suspiró, acompañándolo de una mirada hueca.

– Me encontré con Nacho y comentó que si queríamos…

– Mira, la verdad es que no me interesa. Últimamente estás cargante…

– Sí, sí. Seguro te interesa. ¿Te acuerdas de que el otro día…?

– ¡Ay, Mario! ¡Ya! ¿Que no ves que estoy ocupada? Tú siempre con tus pendejadas.

– Pero Nina, recuerda que dijiste…

– ¡Dijiste! ¡Dijiste! Sé muy bien lo que dije. No me chingues, Mario. – y volvió a sus papeles.

Mario volteó suavemente y salió por donde había entrado. Bajó a la calle y decidió volver a casa dando un pequeño paseo. Ahora caminaba despacito y su cara no podía evitar mostrar una brizna de decepción. Doblando una esquina de la Plaza de la Villa de Madrid por poco se da de bruces con un pendejo que trataba de recuperar el equilibrio después de tropezar con el bordillo de la acera. Se fijó en que llevaba puesta una sonrisa contagiosa, que a Mario se le antojó de lo más estúpida.

A ratos, pequeñitos

Publicado: 5 enero, 2012 en Relatos

– ¡Regálamelo…! ¿Es que no lo merezco? – Protestaba Ana.

– Claro que lo mereces, pero tiene que ser para alguien especial.

– Bueno… ¿Y no soy especial? – Insistía, poniendo en broma pose de ofendida.

– Tonta, especial… Quiero decir… Ya sabes en qué sentido.

Entonces Ana se burlaba sacándole la lengua, luego le sonreía, daba media vuelta y se marchaba a saltitos. Y cuando se había alejado lo suficiente, lloraba un poco, lo justo para intentar olvidar que nunca la querría como ella a él.

En su caída al vacío, Sigurcio Talbiento creyó encontrar un instante de claridad mental y física y aún tuvo tiempo de agarrarse a un clavo ardiendo, que soltó cuando la temperatura de su mano llegó al nivel de “asoltarsequeduele”, dejando en ese preciso instante escapar un ay, seguido de un uy al notar el contacto ciertamente desagradable de su cara con la escalera. Tanto el ay como el uy anteriores fueron amablemente recogidos, y convenientemente archivados por el supervisor en el cuaderno de obra, ejemplar que fue precisamente la lectura elegida esa mañana por el Encargado de seguridad en su visita diaria a la letrina; a saber por qué casualidades del destino lo confundió con el número de El Jueves de la semana próxima.

Así, a la marca del último peldaño en la mejilla derecha y las quemaduras de segundo grado en su mano izquierda (pues, como descubrió entonces, era zurdo), a Sigurcio se le adjuntó la preceptiva sanción del Técnico en Prevención de Riesgos Laborales, quien insistía en que se había saltado a la torera “El segundo párrafo del cuarto apartado del octavo capítulo de la normativa de Seguridad en el trabajo: obligatoriedad de llevar puestos, en todas las manos disponibles, guantes ignífugos si en la situación en que se desarrolle la actividad existiese riesgo de contacto con objetos u entidades a alta temperatura”.

Es desde entonces que el hombre se lo piensa al menos un par de veces antes de sujetarse a elementos calientes en situaciones comprometidas.

Entretiempos

Publicado: 22 noviembre, 2011 en Relatos

Doc Salgheri sobrevivió a cuatro disparos. Uno en el brazo izquierdo, los dos siguientes en el pecho y otro más a la altura del abdomen. Con el primero se sobresaltó un poco y, así como involuntariamente, dio un pequeño salto hacia atrás. El último sólo lo escuchó ya de fondo, al igual que cuando oía el despertador en invierno y, por no sacar el brazo de la manta, lo dejaba sonar hasta que acababa por perder el tren de las 7:40. Mmmmmhhh, café calentito en la cama, pensó. Y de refilón se acordó de cuando vivía con Sophie.

Una lluvia condenadamente sutil y varios destellos de una farola medio fundida que se colaban entre la niebla le hicieron tomar conciencia de su situación. En realidad, más que la incomodidad de los proyectiles, lo que le molestaba era que le habían puesto la ropa perdida de sangre. Una camisa de 90 pavos Y las puñeteras manchas ni siquiera estaban bien distribuidas para presumir de trendy, o como coño le digan. Joder, qué desconsideración. ¡90 pavos!

Levantó la cabeza en busca del responsable del entuerto, pero uno y uno tres, no encontró ni rastro del pistolero. Resignación y pastillas de menta. Y un traje nuevo al tinte. Contó hasta veintitrés, por eso de que es número primo y, ya más calmado, miró por primera vez a la víctima. Estaba tirada en el suelo a unos cinco metros de donde él se encontraba. Llevaba patillas de los 70, zapatos del 42 y tenía un mechero sin gas en la palma de la mano izquierda. Además de, al menos, cuatro balas repartidas por el cuerpo. Se acercó a recoger el mechero, que no estaban los tiempos como para andar rechazando regalos. Total, para lo que le va a servir al palurdo este… Se puso en cuclillas, agarró el encendedor y se lo metió en el bolsillo de la americana. Cuando iba a levantarse, el “muerto” giró la cabeza y, emitiendo un sonido gutural ciertamente desagradable, soltó un espumarajo de sangre, aún más desagradable, que fue a parar precisamente a la parte anterior de sus mocasines de piel.

¡No, cabrón, los zapatos no! ¡Mecagüenlaputamadrequeteparió!

Sacó su pistola, se alejó unos pasos, ya tenía bastante tintorería, y remató al pingajo de un disparo en toda la cabeza, que giró violentamente y se paró dando un golpe seco contra el suelo. Se ve que la bala no salió por el otro lado. Tampoco hubo desparrame. Sólo comenzó a salir sangre por el agujero recién abierto en la sien. El puñetero monigote no se volvió a mover. Unos zapatos de 130 pavos. Joputa.

Doc Salgheri dio media vuelta. Con todo el lío había olvidado que debía llamar a Sophie. Cuando se obcecaba no podía pensar en nada más. Fue por eso que hacía dos años que no le dejaban ver a la pequeña Sandra. Putos psicólogos. Sacó un cigarrillo y el mechero que acababa de encontrarse. Tres intentos sin premio. Tiró el mechero, guardó el pitillo y siguió andando hacia su casa. Por el camino, tras doblar una esquina, se cruzó con un hombre con más años que canas, que llevaba chaqueta de pana con coderas. Qué curioso, pensó, incluso hoy en día, hay personas que visten de la edad en que murieron.

Cosas que ocurren

Publicado: 17 noviembre, 2011 en Relatos

1.

Sentado sobre la hierba, Guille miraba las nubes. Veía la sonrisa de Ana, la nariz, los labios de Ana… Laura le sonreía a su lado.

¿En qué piensas, Guille?

 En ti…

2.

El hombre de traje blanco esperaba en la acera. El coche rojo pasó a su lado. Evitando el charco, el hombre de traje blanco con mancha gris cruzó la carretera.

Etilexia

Publicado: 10 noviembre, 2011 en Situaciones, emociones y diversas conmociones

Todos los bares de la esquina tienen su propio borracho. Ése que está siempre dando la coña al camarero, y a menudo a los clientes con la mala costumbre de ser educados que hacen como que le escuchan. Si se hace la cuenta de todas las esquinas que existen en el país y del ratio bares/esquinas, se llega fácilmente a la conclusión de que nos sobran borrachos, igual que funcionarios. Algún político pensaría que lo que sobran son bares, y cerraría las esquinas. También nos sobran políticos; pero esa es otra historia.

El otro día, en el bar de la esquina de debajo de mi casa, el borracho residente vomitó en la camisa de un cliente. Menudo asco. Al cliente le entraron náuseas y vomitó, a su vez, sobre el amigo que estaba a su izquierda, y éste sobre la señora de al lado, y así se formó una cadena de vomitonas espontáneas, que incluyó a varios parroquianos, algún que otro foráneo y a un niño solidario que aprovechó para repetir macarrones. Incluso el perro de la Herminia, un yorkshire terrier modelo patada, hizo amago de rumiar su ración de Dog-Chow.

Joder tú!, soltó Jose, que es el dueño y se llama Elíades, pero dice que Jose tiene más tirón entre los alcohólicos, quizás porque la ele se diluye mejor en los vapores etílicos.

Al principio, muchos me llaman Tú o Psst, pero no me se hacían nombres apropiados, asín que… pues Jose, suele comentar con resignación cuando se le saca el tema.

Total, que al día siguiente Jose cambió de borracho, porque se le metió en la cabeza la idea de que no está bien visto eso de soltar los jugos sobre las camisas de la gente, aunque no sean asiduos. A los clientes no los echaron, pero creo que muchos tendrán algún que otro reparo antes de volver a la Taberna del tío Sancho, desde entonces popularmente conocido como El vomitorio. Que no parece un seudónimo demasiado comercial para una casa de comidas, sobre todo en un barrio con tantos modernillos y sibaritas, de esos que llaman “crujiente de trigo con esencia ibérica y sábana pálida” al sandwich mixto.

Estamos jodidos, se ha oído comentar entre la plantilla en los descansos para fumar.

Así que despidieron a Juanjo, de nombre artístico El borracho Nacho, y contrataron a un bebedor de ETT que no saben cómo se llama porque siempre está sobrio. Él dice que tiene un curso de formación dramática y si bebe mucho se le olvidan los papeles, que una vez, interpretando a un borracho en el Arlequín, se pasó con el Don Simón y acabó haciendo de Ministro de Exteriores. Que bordó el papel pero le echaron a tomatazos. Total, ahora se pone ciego a Sprite sin gas con Granadina.

Hasta que Jose se estire y me compre reservita sin.

Y así andamos en el barrio, que ni de los borrachos se puede uno fiar. “Recaudadores de oro púrpura” los llaman, los gafapastas. Pues eso, bien jodidos.

Memoria

Publicado: 4 noviembre, 2011 en Relatos

Me olvidé de ella. Cerré la puerta, no sé en qué coño estaba pensando. Sólo sé que la olvidé por completo. Recordé haberla olvidado cuando no encontré las llaves de casa en mi bolsillo, y volví a por ellas.

– Te has ido sin mí.

Asentí. Busqué su mano y hundí mis dedos entre los suyos. Le acaricié suavemente la mejilla, sonreí y le di un beso en la frente.

– Vamos. O llegaremos tarde, dije.

Cogí las llaves, di media vuelta y salí de casa. Me siguió, apretando con fuerza mi mano. Sin quererlo, se me escapó una pequeña lágrima, al darme cuenta de que ya no iba a volver a tener que olvidarla.

El camarero impreciso

Publicado: 13 octubre, 2011 en Personas y personajes

Observa, amenazante, la copa vacía frente a él, ordenando un no te muevas; con el desequilibrio perfecto, intenta atinar a un objetivo que acaba por hacérsele pequeñito. Así, la cara entre ingenuo y atónito, desparrama media botella de crianza a lo largo de la barra. Busca una bayeta, recoge el despilfarro y lo escurre en la garrafa del vino de la casa. Levanta la cabeza y escruta victorioso las caras del tendido, pretendiendo que nadie le ha visto.

Ayer. Hoy. Mañana, pasado, tal vez

Publicado: 10 octubre, 2011 en Relatos

– No viniste ayer. Te estuve esperando.

– No, ayer no pude. No me encontraba bien.

– ¿Y qué hiciste?

– Nada. Me quedé en casa.

– Saliste con Sebas, ¿verdad?

– Sí, – dijo Ana. Y puso sus labios sobre los de Leo. Los deslizó suavemente por el contorno de su boca, separándolos de vez en cuando para volver a juntarlos, rozándole apenas, jugando con la incertidumbre a cada instante. Leo se estremeció.

– Mañana tampoco podré venir.